Mujer contra mujer

 

Es deleznable, comprobar cómo, incluso cuando las mujeres son objeto de desigualdades o de injusticias, gran parte de los hombres, encuentran la forma de hacerlas culpables a ellas mismas o a otras mujeres. “Las mujeres son muy falsas, no tienen la misma fidelidad que un grupo de hombres”, “las mujeres son muy putas, están todo el día criticándose unas a otras” o “las mujeres son más machistas que los hombres “son muchas de las frases que puedo escuchar de la gente que me rodea. El interés es siempre el mismo, dividir a las mujeres para seguir manteniendo los privilegios del patriarcado. Por eso existe tanto miedo al feminismo, porque no es verdad, no están solas, somos un grupo fuerte y unido, dispuesto a terminar con la injusticia de la desigualdad.

En ese camino, aparecen siempre “hombres reseñables”, que aprovechan los momentos de mayor debilidad del ser humano para sacar partido de las miserias de la personas ofreciendo tópicos absurdos y totalmente oportunistas para el lector ávido de noticias amarillistas y dispuesto a consumir información sin ningún tipo de filtro. En este caso me refiero al “pseudoacadémico” Pérez Reverte. Hace pocos días escribió un artículo, de estos que le gustan con claras alusiones a las mujeres, a su mezquindad y a sus desequilibrios, en el que trataba un tema de acoso escolar bajo un titular más que provocador: “Esas jóvenes hijas de puta”.

Aparecen siempre “hombres reseñables”, que aprovechan los momentos de mayor debilidad del ser humano para sacar partido de las miserias de la personas ofreciendo tópicos absurdos y totalmente oportunistas para el lector ávido de noticias amarillistas y dispuesto a consumir información sin ningún tipo de filtro.

No entraré a desgranar el artículo desde un punto humano y razonable, ya que ha perdido toda oportunidad de hacerlo con una serie de menciones que dan auténtico asco. Sin embargo, me centraré en el objeto que tenemos en las publicaciones de este medio en relación a las diferencias que algunos se empeñan en realizar entre hombres y mujeres. Aprovecha el autor para soltar gran parte de su ira y animadversión hacia el género femenino desde el título, donde las llama “hijas de puta”, pasando por utilizar la palabra “pájaras” para nombrar a las dos chicas acusadas y condenadas por tal suceso, y terminando por infantilizar de un modo totalmente lamentable la imagen de las jóvenes quinceañeras con “a las compis de clase abrazadas entre lágrimas como en las series de televisión, cosa que les encanta, haciéndose fotos con los móviles mientras pondrían mensajitos en plan Carla no te olvidamos, y muñequitos de peluche, y velas encendidas y flores, y todas esas gilipolleces”.

El resto del texto es un alarde de menosprecio hacia dos chicas que, aún a pesar de tener un comportamiento inapropiado y totalmente punible, reciben una serie de adjetivos descalificadores que poco tienen que ver con tratar de comprender o resolver un problema, y mucho con la animadversión que de manera asidua el autor demuestra por el género femenino.

Duda, eso sí, por un momento, cuando quiere dejar constancia de que aquellos que tampoco hicieron nada para evitarlo eran unos “borregos”, sin embargo, en un momento de inspiración, Pérez Reverte deja salir su lado más salvaje y feminista y recuerda algo que muchas llevan años reclamando, el lenguaje incluso, para soltar un “o borregas”, inmediatamente después. Éste, es el único momento en el que el escritor utiliza un lenguaje adecuado para referirse a ambos sexos en un tema tan actual y delicado como el acoso escolar. El resto del texto es un alarde de menosprecio hacia dos chicas que, aún a pesar de tener un comportamiento inapropiado y totalmente punible, reciben una serie de adjetivos descalificadores que poco tienen que ver con tratar de comprender o resolver un problema, y mucho con la animadversión que de manera asidua el autor demuestra por el género femenino.

Y al final es eso, cuando una mujer muere, por violencia de género, por acoso escolar o incluso de causas naturales, la culpa siempre es suya, o de otras, pero no de un hombre, de un sistema regido por hombres, con leyes para hombres, con puestos para hombres, con privilegios y estructuras de hombres. Al final es sólo eso, una lucha de mujer contra mujer.

 

 

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