La deslumbrante vigencia de Clarice Lispector

 

Clarice-LispectorVerano. Para muchas, como yo, significa la probabilidad de leer todos los libros que se van acumulando durante el año (escolar-laboral-doméstico y viceversa). Oh, verano. Una ilusoria esperanza que se esfuma al momento de su llegada y, cuando lo hace, se conviertes en un enigma. Si el verano es el espejismo de alguna mujer en sus treintas que comparte sus días con un niño de tres años, el verano puede llenarse de sorpresas: varicela, piquetes de mosquitos, hinchazones, resfriados de verano, noches de sudor y calor. Ay verano, cómo nos engañas, bribón. Y cada año igual.

Bueno, pues aunque no tuve un hartazgo bibliófilo como aquel verano del 2015, sí fue deslumbrante: conocí a Clarice. Mi amiga Cecilia llevaba ya un tiempo recomendándomela y como la respeto profundamente como poeta y además, confío en su juicio, emprendí el verano 2016 con una edición completa de todos sus libros de cuentos (“el libro verde de Clarice”, dice mi hijo).  El libro es magnífico. Recorre su obra como cuentista desde sus inicios en 1952 y la termina en 1979, año en que se publica su último libro (ella murió en 1977, a causa de cáncer de ovario).

El “libro verde” da fe de su progresión como escritora, no sólo en el estilo y los experimentos narrativos, sino también en sus preocupaciones e intereses como mujer viviente y sufriente, a la que le tocó vivir el corazón del siglo XX brasileño, latinoamericano y mundial: mujer con intereses artísticos atrapada en su rol de ama de casa, mujer que observa, temerosa, a los hijos como seres impredecibles, mujer con sentimientos de culpa por no querer sólo ser madre, mujer con deseos carnales que no se apagan con la edad.

Sobre ser mujer casada y ama de casa en Brasil de los 1950:

“Porque estaba protegida por una situación, protegida como toda la gente que había alcanzado una posición en la vida”.

Pero un ama de casa que quiere algo más de su vida:

“Su sensibilidad la molestaba sin serle dolorosa, como una uña rota”.

“Ay, ¡qué cosa me viene!, pensó desesperada. ¿Habría comido demasiado? ¡Ay, qué cosa me viene, santa madre mía! Era la tristeza”.

O una madre aterrada por querer ser algo más que madre:

“No dejes que mamá te olvide, le dijo”.

“Cualquier movimiento de ella, y pisaría a uno de los chicos” 

“La madre lo miró seca, como a un extraño. Sin embargo, él era mucho más pariente de ella que su propio padre, quien, por así decir, se había incorporado a la familia”.

Ahora, que levante la mano quien no se sienta representada por esta frase, publicada en 1960:

“Entonces subía, seria como una misionera a causa de los obreros del autobús que <<podían decirle alguna cosa>>. Aquellos hombres que ya no eran jóvenes. Aunque también de los jóvenes tenía miedo, miedo también de los chicos. Miedo de que <<le dijesen alguna cosa>>, de que la mirasen mucho. En la gravedad de la boca cerrada había una gran súplica: que la respetaran”.

Otro elemento que ha hecho transcendental la obra de Clarice es su aguda observación social del mundo, siempre vinculado a la mujer. Al fin, en mi punto de vista y seguramente por pura deformación profesional, toda la buena literatura analiza a la sociedad que la rodea.

“El Erótica estaba lleno de hombres y de mujeres. Muchas madres de familia iban ahí  para divertirse y ganar algún dinerito”.

“Allí estaba, presa del deseo fuera de estación, como un día de verano en pleno invierno […] Presa del secreto mortal de las viejas. Sólo que ella no estaba habituada a tener setenta años, le faltaba práctica, no tenía la menor experiencia”.

“-¡Ah! Yo voy a la hacienda de mi hijo, me voy a quedar allí el resto de mi vida, mi hija me trajo hasta el tren y mi hijo me espera con un carruaje en la estación. Soy como un paquete que se entrega de mano en mano”.

“No hacía nada, hacía sólo eso: ser vieja”.

“Y la vieja María Rita suspiraba: estaba más cerca del hijo amado. Con él podría ser madre, ella que estaba castrada por su hija”.

A que alguna levanta la mano otra vez:

“Una vez que Ángela tuvo dolores menstruales, Eduardo intentó, sin mucha gracia, ser cariñoso. Y le dijo una cosa horrorosa: estás enferma, ¿no?”.

Y ya, pecando de monotemática (recordemos que mi fuerte, al menos al que más tiempo he dedicado, es a los estudios rurales), no pudo dejar de anonadarme ante esta observación de lo que un hombre rural buscaba en una compañera de vida, allá por 1970:

“Casado con una mujer que no era ni más bonita ni bien formada que lo necesario para la tranquilidad de un hombre honrado […] Leontina, la esposa que no era ni mucho ni poco”.

Así, septiembre me ha cogido con ganas de julio, cuando las esperanzas estaban intactas y yo llena de planes. No habré leído como en el verano de 2015 pero estuve en casa con mis padres a muchos kilómetros de aquí, fui a la playa y, de tanto comer, sufrí una grave indigestión. No estuvo mal. Este verano me dejó a Clarice y a su femenina mirada sobre lo cotidiano, tan lejanos y desconocido que se torna inexpugnable. Seguro aún se quedó con mucho más en el tintero, sólo para no herirnos con un resplandor demasiado luminoso para nuestros ojos.

 

 

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