¿Iguales?

¿Iguales?

Decía Carmen Rico-Godoy que un hombre comienza a hacerse interesante cuando aprende a dudar. Pues aquí estamos dos personas, una mujer y un hombre, dudando y escribiendo. Escribimos estas reflexiones reconociéndonos como iguales. Nuria Varela, en su “Feminismo para principiantes” nos recuerda que en la propia definición de feminismo se hace hincapié en el primer paso hacia la igualdad: la toma de conciencia. Aquí tomamos conciencia de que somos dos personas en pie de igualdad porque nos reconocemos como tales. Pero también tomamos conciencia plena de que esto no suele ser lo habitual.

Y, ¿qué pasa si nos acercarnos al ámbito de lo cotidiano, lo que va más allá del discurso puro y toca la calle? ¿Seguimos siendo iguales, por mucho que nos reconozcamos el uno a la otra, la otra al uno, como tales?


COMILLA_azulBien entrado ya el siglo XXI no se puede decir que exista ningún contexto cultural en el mundo, ni en nuestra “avanzada y moderna” Europa, que trata de forma igual a hombres y mujeres.


Es cierto que en algunos países, fundamentalmente los occidentales, los hombres y las mujeres tenemos reconocidos los mismos derechos. Pero, ¿somos iguales? Sabemos de sobra, a estas alturas que, tener derechos (sobre el papel) no significa nada si esos derechos no se traducen en posibilidades.

Empecemos por mí, mujer. Como mujer blanca, heterosexual, nacida y residente en un país europeo pionero en la aprobación de leyes para la igualdad (entre hombres y mujeres, contra la violencia de género, LGTB), podría tener poco margen para la queja. Somos iguales según reconocen la Constitución y las leyes, pero yo, como mujer, a veces siento miedo cuando vuelvo sola a casa de noche. Tengo que aguantar los comentarios (no solicitados) sobre lo adecuado o no de mi peso, y de lo apropiado o no de mi vestimenta para mi peso actual.
Se sigue esperando de mí que, llegado el momento (no muy tarde ya) sea madre. Porque las mujeres nacemos para ser madres. Ya lo dijo un famoso ministro (muy conocido por las mujeres). O somos medio mujeres (ya lo dijo un famoso «contragolpista» aliado de la Unión Europea).
Es aquí, y es ahora, en una ciudad como Madrid, donde yo, como mujer blanca y heterosexual siento cada día todas las barreras por romper.

Cambiemos ahora la perspectiva. ¿En qué lugar me deja eso a mí, como hombre? Creo que, básicamente, acabamos de entrar en el terreno del privilegio. Uno de los obstáculos principales para la igualdad entre hombres y mujeres es el mito de la superioridad masculina. Los hombres, por el hecho de serlo, tenemos la posibilidad de cobrar más por el mismo trabajo. Los hombres, por el hecho de serlo, tenemos la posibilidad de dar nuestra opinión, aunque no siempre tengamos algo muy interesante de decir. Y no sólo tenemos la posibilidad, sino que hemos asumido (y seguimos asumiendo) que nos corresponde, por naturaleza, ejercer lo que no es más que un privilegio. Lo que los hombres necesitamos hacer no es centrarnos en el hecho de que las mujeres tienen menos posibilidades, sino el hecho de que nosotros tenemos más.

La igualdad es tarea de todos y todas, pero, fundamentalmente es un reto para los hombres. Visto lo visto, aceptar que las mujeres son sujetos iguales (como hemos planteado al principio de nuestro artículo), compañeras, socias, amigas de manera equitativa no parece una tarea sencilla.

Caminar hacia la igualdad plena, con todas sus posibilidades, y conseguirla, supone un esfuerzo en la medida en que lleva consigo renunciar a privilegios, hábitos y a la imagen de las mujeres que durante mucho tiempo nos han enseñado (y nos hemos construido) en nuestro entorno más cercano: como madres, como sujetos relegados (y fácilmente relegables) al ámbito doméstico, como sujetos dulcificados y sexualizados, como sujetos vulnerables…

Y las mujeres debemos demandar continuamente esta implicación de los varones en el avance de nuestros derechos, a través de la toma de conciencia de sus privilegios.

Volviendo a Nuria Varela, “la igualdad formal no es la igualdad real y la neutralidad del sistema es una farsa”. Los hombres no podemos permanecer neutrales ante las desigualdades que se perpetúan en un sistema injusto, porque eso nos convierte en cómplices. Ya hace tiempo que llegó el momento de dar el paso (a veces adelante, a veces atrás, a veces a un lado) y reconocer que en la lucha de hacia la igualdad no sobra nadie. Empecemos, al menos, por dudar.

Como decíamos al principio, escribimos este artículo en condiciones de plena igualdad, porque nos reconocemos como iguales. Pero también reconocemos que esto, aun a día de hoy, no es lo habitual. Es necesario recorrer un largo trecho, sobre todo por parte de muchos hombres feministas (cada vez más, todavía no los suficientes), que de forma generosa y valiente nos acompañan en este camino plagado de obstáculos que, aún hoy, en este oasis occidental se nos antojan a veces insalvables. Hombres que han empezado a tomar conciencia de que la igualdad les necesita, de que somos sus compañeras, sus socias, sus iguales, y se lo cuestionan todo, sin ser, por una vez, los protagonistas de la historia.

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