Cómo explicarle a una hija

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Imagino lo difícil que tiene que ser criar a una hija hoy en día. Está claro que es más fácil que hace unos años. Hay más caminos que ofrecerle, más recursos para que lleguen a ser lo se propongan o lo que los padres y madres quieran (o intenten y puedan). Y hay más igualdad de género. Al menos, formalmente.

Imagino lo difícil que tiene que ser criar a una hija para una madre feminista. En un intento de ponerme en situación, me veo a veces con una hija imaginaria, queriendo adivinar en qué momento me vencerá la desesperación al ver que no puedo transmitirle todas las cosas que yo creo que una madre feminista tiene que transmitirle a una hija para aliviarle el camino, en la medida de lo posible. Y me refiero a aliviarle el camino como mujer, que ya sabemos que tiene sus complicaciones, y a aliviarle como feminista, que ya sabemos que es una complicación en sí misma.

La desesperación vendría de mano de esos mensajes que le llegarían a mi hija imaginaria de forma externa, para los que necesitaría una dosis alta de autocracia impracticable en la era de Internet. Cuando yo era niña teníamos un bombardeo casi unicanal, liderado por las películas de Disney.  Ahora que los canales de comunicación e intoxicación son infinitos, supongo que en el hipotético caso de que tuviera una hija,  tendría que llegar a algún tipo de acuerdo y ceder en algunas áreas de forma que pudiera conjugar, sin morir en el intento, una educación anti-patriarcado con el tsunami mainstream de princesas-rosas-me quiero maquillar-y-poner-tacones-con-5-años.

Me imagino insistiéndole a mi niña para que practique algún deporte (si es de equipo, mejor) al mismo tiempo que miro para otro lado cuando alguna prima despistada, en los Reyes Magos, le regale la Barbie-no-sé-qué. Me veo también a mí misma, como hipotética madre, hablándole a mi hipotética hija de autonomía e independencia- mientras desmonto dos o tres creencias generales sobre el amor romántico- el día que venga a contarme que le gusta su primer chico o chica (si es que, hipotéticamente, me lo cuenta).

Pero hay algunas situaciones para las que no sé si estaría lo suficientemente preparada. Me imagino a una hija mía con unos 7 u 8 años preguntándome: “Mamá, ¿Qué es emparedar?”. Yo le preguntaría (para entender el contexto): “¿Emparedar qué?”. Entonces mi hija imaginaria me explicaría que ha leído en el periódico que un hombre ha emparedado a su pareja. Yo me quedaría en silencio unos minutos, sin saber qué decir, y  ella me repetiría la pregunta: “Mamá, ¿qué es emparedar? Y, ¿por qué ese hombre ha emparedado a su pareja?”. Yo le tendría que explicar, supongo, de una forma suave y discreta pero honesta, que ese hombre ha asesinado a la que era su pareja  y luego la ha “escondido” en una pared para evitar que descubran el cuerpo. Puede que la chiquilla, tras mi explicación quisiera saber: “pero, ¿por qué le hizo eso a su pareja? ¿Es que no la quería?”.  No, no la quería.

No sé tampoco si estaría preparada para cuando mi hija imaginaria me preguntara: “Mamá, he visto un vídeo en Internet en la que un chico que le estaba haciendo algo a una chica con los pantalones bajados mientras hablaba y se reía mirando a la cámara del móvil. Creo que lo han metido en la cárcel. ¿Estaba haciendo algo malo?”. Me tocaría entonces contarle, lo más didácticamente posible, informando a medias, pero sin mentir, que a veces los chicos son malos y hacen cosas malas a las mujeres, porque al parecer, se divierten. Y que ese chico en cuestión, estaba haciendo algo muy malo a una chica mientras otro amigo le grababa y se reía. Y que había otros tres amigos más que también hicieron algo malo a esa chica, mientras se turnaban la cámara. Y que los cinco se reían, y que ahora estaban en la cárcel porque esas cosas no se hacen. Puede que ella quisiera indagar más y me preguntara: “pero entonces, ¿ese chico se lo estaba pasando bien porque le estaba haciendo algo malo a la chica?”. Eso mismo. Le estaban haciendo daño y se divertían.

No sé tampoco si sería capaz de salir del paso si mi hija imaginaria me dijera: “Mamá, he visto por la tele que un hombre ha disparado a dos mujeres. Una era su exmujer y la otra la madre de su exmujer. ¿Por qué les ha disparado?”. Yo de nuevo intentaría argumentar, de forma clara, obviando detalles innecesarios para su edad, que ese hombre no se portaba bien con su mujer. Que la trataba mal y la hacía infeliz. Que la mujer se separó de él porque cuando alguien no te hace feliz es mejor dejarlo e irse que aguantar y quedarse. Que después de separarse, ella tenía miedo de que él le hiciera algo más malo todavía y se fue a vivir a otra ciudad con su madre. Pero que este hombre la encontró y les disparó. A ella y a la madre.

No sé si esa explicación le parecería suficiente a mi hija imaginaria o querría saber más. Si quisiera saber, por ejemplo, qué pasó después de que el hombre disparara contra su exmujer y su exsuegra,  me tocaría contarle que el hombre después de dispararlas, se suicidó. Y que la mujer sigue en el hospital, pero que su madre después de unos días muy grave, murió.

Me veo a mí misma intentando contestar todas las preguntas que mi hija imaginaria me haría  vestida de la princesa de Frozen, con unos taconcitos rosas y una Barbie en la mano que hipotéticamente yo nunca le habría comprado. Me imagino a esta hija mía, que no existe, mirándome y diciéndome: “mamá, a lo mejor yo no quiero jugar a eso”. Entonces yo le preguntaría “¿y qué es eso a lo que no quieres jugar?”. Y quizás, imaginariamente, ella me respondería: “a ser mujer cuando sea mayor”.

 

Nota: los casos de violencia machista y violencia sexual reflejados en este artículo son casos reales ocurridos durante este verano de 2016 #NiUnaMenos #StopViolenciaSexual #MachismoMata

 

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