TESTOSTERONA

Parece que dos mil años de civilización no han logrado mitigar los efectos de la testosterona en muchos varones. Los mismos que aprovechan los festejos como una manada de toros a la espera de escuchar el pistoletazo que les conceda “permiso” para dar rienda suelta a sus instintos. Tal vez imaginando que en fiestas todo está permitido, o esperando “esconderse” entre la multitud, es decir, utilizando técnicas de cobardes. El caso es que toda fiesta supone para las mujeres el riesgo de ser violentadas por los varones. El Ayuntamiento de Pamplona hizo meritorios esfuerzos para evitar los abusos sexuales durante los sanfermines, postura que lo honra, pero la acumulación de “semen retentum” en ciertos varones, no ha hecho posible que las mujeres puedan asistir a las fiestas con la necesaria y lógica tranquilidad. Ni la policía desplegada, ni la propaganda utilizada ha hecho mella en ellos. Un grupo de estos varones apresó a una ciudadana, la arrastró hasta un portal y la forzaron como cabestros desbocados. Y eso mientras viven convencidos de que a ellas, la violencia les encanta y desean que se ejerza contra ellas. Y conste que la excusa de las fiestas y el alcohol ni es válida ni puede contar como eximente: si usted no puede relacionarse con normalidad en un evento como las fiestas, emborráchese en su casa, compre una muñeca hinchable y a ver si lo disfruta.

Por suerte, las nuevas tecnologías permiten grabar estos desastres, no sea cosa que luego el juez dude de la palabra de la mujer, como esa niña de nueve años obligada a recurrir a una grabadora oculta en el calcetín para grabar los abusos de su padre; hasta entonces, el juez dudó de su palabra, pese a que el psiquiatra que la atendió refrendó esos abusos. Parece evidente que no creer a la víctima de abusos, también va ligado al hecho de compartir testosterona.

Me cuesta imaginar qué placer se logra de algo forzado, de una situación en que ella solicita a gritos que la suelten, en que el abusador recibe una mirada de asco y terror, en lugar de una mirada de deseo y ternura; salvo que se busque el placer en la simple humillación (y de eso sabían mucho los nazis)… Claro que tampoco comprendo bien el placer de correr delante de un astado para demostrar los valientes que son. Me pregunto si serán incapaces de seducir de manera pacífica, de ser galantes, hacer la corte y llevarse el gato al agua por las buenas; es lo que un psiquiatra llamaba “impotencia emocional”. Es decir, todo violador, en realidad, es un impotente. También me gustaría conocer la opinión que sus madres, hermanas, novias o esposas, tienen de semejante actitud. Porque, ellas, también podrían pasar a engrosar la lista de mujeres ultrajadas por el simple hecho de ser mujeres.

Yo propondría, para los próximos sanfermines, en lugar de encerrar y sacar a correr a una manada de pacíficos herbívoros, utilizar a toda la manada de violadores, acosadores y otras hierbas; tal vez les siente bien la carrera y se den cornadas contra las paredes o las vallas, dejando tranquilas a las mujeres. Y si a eso se le considera maltrato animal, que se prohíba la entrada a todo varón al recinto de las fiestas; porque las fiestas son, también, para quien sabe comportarse en ellas.

 

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