En primera persona: el acoso

ACOSO: Acción y Efecto de Acosar.

Acoso Laboral: Práctica ejercida en el ámbito del trabajo, y consistente en someter a un empleado o empleada a presión psicológica para provocar su marginación.

Acoso Psicológico: Práctica ejercida en las relaciones personales consistente en dispensar un trato vejatorio y descalificador a una persona con el fin de desestabilizarla psíquicamente.

Acoso Sexual: Acoso que tiene como objeto obtener los favores sexuales de una persona cuando quien lo realiza, abusa de su posición de superioridad frente a quien lo sufre.

Todas las definiciones anteriores están diccionario de la Real Academia de La Lengua Española. Definiciones con las que se describe la situación de acoso, pero en las que no se refleja el sufrimiento de la persona acosada. Sufrimiento que acarrea cambios en lo más profundo de tu persona.

La autoestima desaparece. No es que sea mejor o peor, desaparece. Mientras tanto el dolor que se genera ante preguntas sin respuestas, comienza a impregnarlo todo.

No hay respuestas a “¿Por qué yo?” o “¿Por qué a mí?”. Necesitamos una explicación fácilmente identificable. Y es en ese momento, precisamente en ese maldito momento, cuando te culpabilizas. Cuando eres víctima de un acoso, repasas punto por punto cualquier movimiento, cualquier palabra, cualquier vestuario, cualquier sonrisa, cualquier… cosa que justifique la acción de quien acosa. De esta forma, el acosador pasa a un segundo plano. Y lo que es peor: todavía existe una parte muy importante de la sociedad, que se pone de su parte. Esta sociedad es experta en “machacar” a la parte más débil. Las razones que dan son destructivas para la víctima: “algo habrá hecho”,  “va provocando con esas pintas”, “estaba borracha” “es mía o no es de nadie” “es un empollón”, “marica”, “lo estaba pidiendo”, “cuatro ojos” , “no debería haberlo dicho”… La víctima, a pesar de que no encuentra el sentido a lo que la está pasando, a pesar de ser fuerte, a pesar de tener razón… comienza a interiorizar esa justificación y a culpabilizarse del acoso que sufre.

Se sufre tanto, que eres capaz de renunciar a aquello en lo que pusiste tanto empeño. Eres capaz de renunciar a tu proyecto de vida, e incluso a tu vida, a tu trabajo, a tu hogar, a tus estudios, a tu familia, a tus amigos, a tu clase… Mientras, el acosador no suele tener consecuencias más allá de las judiciales.

Durante todo el tiempo que dura el proceso, el acosador sigue ejerciendo su superioridad y es difícil de parar. La víctima sigue sufriendo.

Durante todo el tiempo que dura el proceso, el acosador sigue ejerciendo su superioridad y es difícil de parar. La víctima sigue sufriendo. Sufre por los ataques, sufre porque se siente sola y culpable. Su mundo se ha tambaleado. Está rodeada de miedo: miedo a ir al colegio, al instituto, a salir de casa, al trabajo… Su mundo se llama depresión, ideas suicidas, aislamiento… El acoso suma adeptos.

Al principio no cuentas nada. Piensas que lo puedes solucionar y que no es para tanto. Cuando no lo solucionas, no lo cuentas por vergüenza, por el maldito “qué dirán” o porque incluso llegas a creer que te lo mereces.

Nada de esto está recogido en la RAE y aseguro que se graba profundamente.

En la estantería de la habitación del ordenador de mi casa tengo un expediente judicial que se abrió en el año 1996 y se cerró dos años después. Mi expediente describe perfectamente mi acoso. Describe no sólo agresiones en vía pública, sino todo lo referido al mismo. Mi expediente está lleno de juicios, de sentencias, de recursos, de citaciones…

Tuve que abandonar mi lugar de residencia, mi trabajo, mis amistades, mi gimnasio… mi cotidianeidad y el acosador no me pagó ni la multa.

Tuve que abandonar mi lugar de residencia, mi trabajo, mis amistades, mi gimnasio… mi cotidianeidad y el acosador no me pagó ni la multa. Ni la multa. Dos años que fueron cuatro, seis… que son, porque cuando todavía percibo, me cuentan  o vivo situaciones cercanas al acoso, compruebo que eso no se olvida. Las emociones y las sensaciones no entienden de temporalidad. En mi estantería guardo todavía ese expediente. Me había planteado tirarlo, pero no. Mientras exista una menor acosada en el colegio, una trabajadora acosada en su desempeño… mientras esta sociedad no proteja a las víctimas y mantenga a los acosadores en su tranquilidad, no voy a olvidar que como yo, hay cientos, miles, de mujeres, de niñas, de hombres y de niños, que sufren de una forma no definida en la RAE. La violencia genera desigualdad.

Por ellas y por ellos va este artículo cuyo objetivo no sólo es relatar, sino poner a vuestra disposición mi experiencia vital para decir que busquemos la fuerza suficiente para romper las cadenas. No nos rindamos. Transformemos nuestra debilidad en la fortaleza necesaria para construir nuestra vida. No hay nada perdido. No tires la toalla. Levanta tu mirada. Pero sobre todo, nunca te olvides de ser quien eres. Terminarás mirando de frente al expediente.

Nos han enseñado a tener miedo a la libertad, miedo a tomar decisiones, miedo a la soledad. El miedo a la soledad es un gran  impedimento en la construcción de nuestra autonomía

Marcela Lagarde

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