Querido Juan, Juan Rulfo

Querido Juan:

A 60 años de haberte lanzado, ya sin redes, por el mundo literario, me gustaría darte novedades de cómo han ido navegando esos dos cajones de sastre publicados en forma de libros. Primero decirte: disfruta. Los escritores tenemos mucho ego y, aunque el tuyo estaba bien oculto en el fondo del adentro, se te hizo justicia: gracias a que alguien tuvo a bien hacer de relojero y comprendió los engranajes de Pedro Páramo, muchos hemos podido leerte y otros, como yo, nos hemos lanzado sobre el intento de conocerte. De Pedro Páramo pasar al Llano en Llamas, fue más fácil. Eso lo sabes bien. Con esto no desmerezco a ninguno, ¡faltaría más!: ambos son seres propios aunque el Llano, los estudiosos coinciden, fue tu taller personal, tu entrenamiento en el parque que, después, de te dejó a tus anchas en el universo que todos entendemos hoy como rulfiano. Mira si te ha hecho justicia el mundo literario que a 60 años de publicar Pedro Páramo, se hizo un congreso dedicado a ti, sólo a ti, en Sevilla, ciudad que te gustó mucho cuando visitaste España ¿Quién diría, eh? Largos son los caminos desde San Gabriel y aún más largos los caminos hacia el olvido. Disfruta, que tu obrita de dos actos, chiquita pero matona, sigue dando para artículos especializados (nada aburridos, por cierto) y tesis doctorales.

juan5Tus fotografías se siguen rescatando de tus recuerdos familiares y aún dan juego para exposiciones e interpretaciones sobre tu forma de ver el mundo. Con decirte que hasta tus cartas de amor a Clara han sido carne de editor; incluso, muchos atolondrados siguen emprendiendo rutas en busca de Comala, tu Comala. Juan, querido Juan, me gustaría abrazarte y decirte que los caminos que anduviste con la Euskadi, observando y reflexionando, no sólo te permitieron mantener a tu familia, sino que también, te dieron el tiempo para construir y aclarar todas esas ideas que, sobre México, nos dejaste. A pesar de la ingratitud de tu época, ahora eres muy querido y recordado. Disfruta, sonríe y ¡eternidad!

También me gustaría actualizarte sobre el mundo, más allá del patio mundial del chismorreo y la información que es Internet. Como hombre reservado que siempre fuiste, te resistirías a dejarte mirar por las redes sociales, monografía instantáneas con las que decimos al mundo quienes somos; sin embargo, tu agente –seguro de Editorial Planeta- te haría un montón de perfiles para tener contacto con tus lectores, tus fans. Y ni te cuento el tirón que tendría el Rulfo fotógrafo en Instagram. Pero por sobre todas las novedades del mundo, Juan, mi querido Juan, me gustaría darte buenas noticias sobre México, decirte que ha cambiado, que es otro. Que después del fracaso, de la pérdida y de la desilusión revolucionaria que viviste en tus carnes, que llevaste como a una serpiente atorada en los intestinos, México miró al frente y echó valor: que México finalmente superó esa la falsa utopía nostálgica de la Revolución. Pero, por desgracia, no fue así. Desde entonces, México es como una calabaza, que se ha ido pudiendo por dentro, a la que las hormigas la han ido vaciando hasta dejarla como mera palangana. Ya ni siquiera le queda la ilusión revolucionaria, ni siquiera se acuerda que ha sido una calabaza.

México se ha convertido en una víctima de la trata: lo violan, lo ultrajan una y otra vez muchas veces al día. Tiene, por un lado, el síndrome de la mujer golpeada y por el otro, de machista incorregible: todo, siempre es culpa de ella, siempre de ella.

Las cosas no han mejorado desde que te fuiste, en 1987. Todo ha ido a peor. Comala se repite circularmente hasta la náusea. México se ha convertido en una víctima de la trata: lo violan, lo ultrajan una y otra vez muchas veces al día. Tiene, por un lado, el síndrome de la mujer golpeada y por el otro, de machista incorregible: todo, siempre es culpa de ella, siempre de ella. Y sí, a México, por fin, se le ha quedado el rostro de mujer. Por fin y por desgracia. Siempre mujer, carajo.

Yo te pienso, Juan, desde hace mucho tiempo; huelo que hoy como hace 60 años hablar de ti, pensar en ti, verte por dentro, se hace vigente. Por eso te dedico esta carta con toda mi admiración, mi respeto y mi amor, ese que los dos compartimos por México. Después de leerte y estudiarte, escucharte en las entrevistas y seguir tu voz en la lectura de tus propios cuentos, sé que fue así.  Juan, querido Juan, quiero decirte que te comprendo. Comprendo tu dolor y tu impotencia al constatar el eterno ciclo del porvenir nacional: los mexicanos somos como los arrieros de tus historias, que no nos movemos del sol de medio día ni aunque nos queme vivos y nos deje secos, siempre secos, como a una calabaza. Juan, querido Juan, comprendo tu indignación, tu estar fuera de este mundo, creyendo en arrimarle el hombro al otro, en la solidaridad, en la Memoria, en ese mecate nacional que es nuestra Historia: si no te agarras a él estás perdido, sin rumbo, sin recuerdos, sin familia y sin identidad. Te compadezco, nos compadezco. ¿Cómo vivir mirando de frente a nuestro horizonte histórico y sabiendo a priori, que nada va cambiar? Debajo de la música y los colores, ¿estamos muertos los mexicanos? ¿Vivimos muertos como en ese Comala devastado, conforme, alienado? ¿Alguna vez hemos resistido o estamos agotados de resistir? ¿Alguna vez hemos pensado en el conjunto o sólo en uno mismo, como Pedro Páramo?

Juan, yo no quiero estar muerta, no quiero caminar en dirección al círculo. Me resisto a morir. Mi voz está viva y quiere luchar.

Comala es México. Gracias por hacérmelo ver.

Por eso, estoy segura que siempre te querré.

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