Educar para ser libres en igualdad

Se suele decir que la literatura es el reflejo de una sociedad. Lo cierto es que el sistema patriarcal se encarga, desde la infancia, de edificar fuertemente sus cimientos, y por supuesto la literatura no es ajena a ello.

A las niñas, desde pequeñas, se les educa en los mitos del amor romántico a través de una literatura profundamente sexista, que tiene en los cuentos Disney su máximo exponente. Las imbuimos de una literatura profundamente sexista que las induce, desde pequeñas, a asumir el rol que el patriarcado les tiene destinado.

A las niñas, desde pequeñas, se les educa en los mitos del amor romántico a través de una literatura profundamente sexista, que tiene en los cuentos Disney su máximo exponente.

Les mostramos a una cenicienta, que limpia y limpia y limpia hasta que la rescata el “príncipe azul”. De una Bella, que además de soportar la violencia psicológica y física de la Bestia, ama por encima de la belleza. De la de él, claro. Porque ella, como su propio nombre indica, es perfecta. De una Sirenita, dispuesta incluso a cambiar físicamente para estar al lado del príncipe. De una Blancanieves que tiene que huir porque, de lo bella que es, hay una malvada bruja (mujer, por supuesto) que la quiere matar, y se refugia en la casa de siete hombres a quienes les limpia, les cocina, les plancha…

Algunos y algunas me llamarán exagerada. Me dirán que no hay que analizar todo (esto lo he oído ya muchas veces). Sin embargo, esta literatura y su misión no son casuales. Es el reflejo de las sociedades patriarcales y de la concepción que estas sociedades tienen de las mujeres. Concepción que se ha ido trasmitiendo generación tras generación y que ha sido un freno absoluto para la igualdad real entre hombres y mujeres, y también para el empoderamiento y la revalorización de las mujeres.

amelia earhart

Si a las niñas desde pequeñas les hablásemos de Hipatía de Alejandría, matemática, astrónoma y maestra; de Clara Campoamor, abogada sufragista, la mujer que nos dio derechos políticos a la mitad de la sociedad española; de Amelia Earhart, primera mujer que sobrevoló el Atlántico; de Indira Gandhi, primera mujer elegida ministra en La India; de Nellie Bly, pionera del periodismo de investigación; de Benazir Bhutto, primera mujer ministra de un país musulmán, Pakistán; de Hildelgarda de Bingen, que en el siglo XII, con las teorías misóginas en torno a la menstruación en boga, se atrevió a levantar la voz y decir: La sangre sucia no es la de nuestra menstruación, es la de vuestras guerras; de Ada Lovelace, pionera de la programación informática; de Emilia Pardo Bazán, escritora, novelista, poetisa…; de Enriqueta Basilio, primera deportista en encender el fuego olímpico; de Prudencia Ayala, escritora salvadoreña que se presentó a unas elecciones cuando las leyes machistas de su país prohibían el ejercicio de la política a las mujeres; de Betty Friedan, una de las máximas representantes de las teorías feministas o de Elena Caffarena, defensora de los derechos de las mujeres en Chile.

Si en lugar de imbuir a las niñas de literatura sexista les enseñáramos a todas nuestras antecesoras, la sociedad en la que viviríamos sería otra.

Si a las niñas desde pequeñas les diéramos a elegir entre ser Cenicienta o Frida Kahlo, algo me dice que siempre elegirían a la segunda… pero para eso tienen que conocerla.

La educación en valores de igualdad debe atravesar el sistema educativo. Las mujeres deben estar presentes en el espacio público, para visibilizarlas y empoderalas, y de este modo fomentar referentes femeninos positivos en las niñas y en las chicas más jóvenes. Ya no valen acciones puntuales, necesitamos un sistema educativo que ponga el acento en la mejor tradición de la coeducación y que tenga en la igualdad su piedra angular.

El tiempo de las mujeres es ahora. No vale seguir posponiendo nuestra lucha. Debemos hacerlo por ellas, por las más jóvenes, por quienes estamos peleando y trabajando para legarles un mundo más igualitario y más libre.

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