Sexo y revolución

Lo revolucionario (que, lógicamente, coincide con lo feminista) es que el intercambio sexual se base en el DESEO MUTUO.

Como comenté el otro día, de toda la vida de dios (es decir, de toda la vida del patriarcado, pues dios es el símbolo patriarcal por excelencia), el sexo era una cosa que los hombres disfrutaban utilizando el cuerpo de las mujeres.

Cuando eran (o son) muy bestias, no daban (ni dan) nada a cambio: violaban (y violan). Y, de toda la vida de dios (ese dios patriarcal), la vergüenza y el oprobio eran para las violadas que ya quedaban como “mercancía estropeada” para siempre. A ellos, por el contrario, no les pasaba nada.

Hoy, en muchas sociedades, hemos conseguido cambiar tal barbarie. Las violaciones se denuncian cada vez más y los violadores son culpables (con sus más y su menos, pero legalmente así es).

Aunque aún hay sociedades donde todo sigue siendo tal cual era antes: si te violan mejor lo ocultas -si puedes- pues como se sepa, estás definitivamente condenada.

Eso, como dije, son los casos más brutales. En los casos más comúnmente aceptados, los varones a cambio de obtener placer utilizando el cuerpo de las mujeres daban (y dan) algo a cambio. Lo que dieran (y dan) depende de las circunstancias.

Por ejemplo, si además de sexo querían que la mujer en cuestión fuera su ama de llaves, su cocinera, su cuidadora, la madre de sus hijos, la que le organizara la casa y la vida familiar, etc. entonces se casaban con ella. Le daban un estatus (miserable o desahogado, según), le daban un lugar en el mundo. Porque las mujeres por nosotras mismas no éramos nada. Nuestra vida resultaba vicaria. Pasábamos del padre al marido. Existíamos en función de otros y ocupábamos un lugar social según con quién nos casáramos.

A algunas, esta situación que describo, les puede parecer la prehistoria pero no, era así hasta hace cuatro días. Tan pocos días que las mujeres que fuimos educadas en esas normas (no solo normas morales y culturales sino legales) vivimos aún.

Como los varones solo pueden tener una esposa, pero, sin embargo, gustan de la “variedad”, necesitan utilizar el cuerpo de otras mujeres. A éstas les daban (y dan) dinero u otros “bienes materiales como, por ejemplo, galletas, agua, aspirinas… cualquier cosilla (tal y como ocurre en los campos de refugiados o en las guerras).

Pero mira tú por donde, las mujeres -con las feministas a la cabeza- no solo reclaman que cesen las injusticias y las discriminaciones. Piden ser dueñas de su vida. No piden que el “amo” las trate bien. Piden no tener amo. Y piden acceso al placer sexual.

Es decir, piden que EL SEXO SE BASE EN EL DESEO COMPARTIDO.

Eso es lo revolucionario. Lo que cambia todo. Lo que de verdad ataca las raíces profundas del patriarcado.

Frente a esta posición revolucionaria se alza lo de siempre pero vestido con nuevos ropajes. Antes nos decían que el sexo no era cosa nuestra, de las mujeres. Que el deseo y el placer sexual, en un hombre sí, se entendía, pero en nosotras… por dios (sí, otra vez dios) qué cosa más fea y pecaminosa…

Ahora te dicen que todo el mundo tiene que querer follar sin descanso, siempre que pueda y en cualquier situación y casi con cualquier cuerpo que se ponga a tiro.

Este imperativo, que vale tanto para hombres como para mujeres, es, sin embargo, más exigente con ellos. En ese sentido, también los varones están muy presionados. Pero, en fin, dejo que ellos encabecen sus luchas, que se atrevan a decir: “A mí cualquier par de tetas que me pase por delante de las narices no me pone. Ni quiero follar todo el rato”. Yo les apoyaré sin dudarlo porque, como feminista que soy, estoy por la libertad de todos los seres humanos.

Pero para las mujeres hay una trampa añadida y monstruosa: lo que nos venden y publicitan como modelo de relación sexual es felación y coito. Felación y coito de cualquier manera y en cualquier posición. Ya no dicen -como antes- que las mujeres tienen que plegarse a los deseos de los varones sino que sus deseos, los de las mujeres, son exactamente los mismos. Es decir: un señor te mete sus genitales por donde te quepan, en plan martillo pilón y ya, con eso, alcanzamos todos los cielos alcanzables.

Me gustaría estar exagerando, pero no. Al decir que no exagero no afirmo que todos los varones ni todas las mujeres sean iguales, ni menos aún que todos -ni menos aún todas- sigan disciplinadamente los mandatos patriarcales. Afirmo -y de manera contundente- que ese es el mensaje patriarcal repetido por tierra, mar y aire.

Acabo de ver treinta y tantas series de televisión (muchas de ellas de última novedad) procedentes de los más variados lugares del mundo. El mensaje está claro: follar es lo dicho más arriba: coito (a ser posible de manera compulsiva, acelerada y violenta) y felación.

Lo comentaré en un próximo artículo.

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