Mayores, las hijas bastardas del patriarcado

Mayores, las hijas bastardas del patriarcado

Probablemente fueron hippies tardías, nacidas entre los 50 y los 60, niñas de posguerra al fin, destinadas a abrir una nueva etapa en la historia de nuestro país. Creyeron que la libertad llegaba para quedarse pero engendraron a la generación del babyboom, mientras transitaban hacia un cambio de era. Cargaron con una pesada mochila heredada de madres y abuelas, pero incorporaron las reivindicaciones y avances necesarios para la revolución pacífica propuesta por el feminismo. Fueron hijas bastardas del Patriarcado y en su lucha por el cambio social llevan la cruz del alto precio que pagan por ello.

No pudieron controlar sus embarazos, supeditadas al contorsionismo de la marcha atrás en las traseras de un Simca-1000 y a la prerrogativa de que ellos se negasen a prevenir con algo tan accesible y barato como un preservativo. Muchas fueron madres porque abortar era jugarse la vida y precisaron de otras mujeres que arrimaron el hombro, sufridas abuelas, que dieron su apoyo para que pudieran criar, formarse y trabajar. Así, accedieron a los estudios -aunque detrás de sus hermanos-; obtuvieron una frágil autonomía económica con el trabajo -si no entregaban todo el salario en casa-; regresaban al hogar cuando tenían que casarse para salvar el honor familiar, y salían de él como reclusas a la fuga en cuanto las criaturas iban al colegio. Eran tiempos de militancias clandestinas, de reuniones de las que se marchaban antes para tener la cena hecha cuando llegaran “ellos”, de días interminables con dos, tres y hasta cuatro jornadas en una… Pero sabían que algo estaba cambiando.

Y sí. Se recogió la igualdad entre los sexos como un principio fundamental de la Constitución del 78. Se legisló sobre las agresiones sexuales, se las aceptó en carreras antes prohibidas como la judicial, entraron a saco en la función pública porque los criterios para concursar eran objetivos, fueron sindicalistas y políticas, reivindicaron las cuotas de presencia femenina hasta conseguir la paridad por ley, legislaron contra la violencia de género y creyeron, incluso, que se había conseguido cerrar el cuadrilátero de la sociedad del bienestar con la aprobación de una ley que abría el futuro de una madurez donde no tendrían que estar dedicadas al cuidado de sus mayores -entre otras dependencias-.

Sororidad generacional

Lo cierto es que cuarenta años después, el balance confirma que hubo un gran cambio, pero también, que quedan otros muchos pendientes. Las mujeres seguimos siendo mayoría en los trabajos feminizados donde se perpetúa el rol de la familia patriarcal: enseñanza, enfermería, cuidados del hogar, limpiadoras, peluqueras, modistas, camareras, cocineras y trabajos auxiliares. Nuestra capacidad para influir en las decisiones importantes, sobre todo en lo económico, es irrisoria. En la política estamos, pero nuestra influencia es secundaria. En la sociedad llenamos el cajón de las víctimas por violencia y las nuevas generaciones no han conseguido desprenderse de relaciones tóxicas donde ser mujer paga peaje.

COMILLA_azulEl engranaje que devoró a las generaciones anteriores sigue a pleno rendimiento, pero apenas se habla de estas nuevas mujeres mayores que hicieron la revolución para acabar volviendo al punto de partida en su madurez.

Llegarán a la jubilación cobrando pensiones inferiores, seguirán siendo abuelas-guardería para que sus hijas -primíparas y añosas- puedan conservar sus precarios empleos y, frecuentemente, tendrán padres y madres nonagenarios sin plaza en residencias públicas, que dependerán de su buena voluntad para tener amparo en la etapa final de sus vidas.

La sociedad tiende a ignorar la realidad de las mujeres de esta generación esforzada y comprometida. Si en términos generales es difícil la visibilización de género desde la empatía y la solidaridad, en el caso de las mujeres mayores, es inexistente.

Hagamos un ejercicio práctico y coherente de sororidad en clave generacional, situando en primera línea de la agenda feminista la calidad de vida y los derechos de las mayores, que son legión y aumentarán por el declive demográfico. Con el colapso de la seguridad social a la vista, la pobreza tendrá, todavía más, rostro de mujer. No consintamos que el Patriarcado se cebe con ellas, olvidándolas, convertidas en daños colaterales de esta guerra que no cesa.

 

Maria-xose-porteiro-tribuna-feminista

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