Nosotros que somos tan amigos…

Nosotros que somos tan amigos…

alicia-Miyares

La amistad ha sido teorizada, tanto o más que el amor, ya desde antiguo. Forma parte de nuestra herencia cultural como especie referirnos a la amistad como el sentimiento más duradero en el tiempo, el más comprensivo a la hora de justificar el carácter tímido o agresivo, descuidado o perfeccionista, impulsivo o táctico de la persona amiga; la amistad suele perdonar con relativa facilidad tanto excesos como carencias; si tiene que juzgar buscará una explicación a la falta, si tiene que halagar evitará la adulación, si tiene que criticar procurará que esta sea comedida y constructiva, si se le pide ayuda preguntará después. Es un sentimiento increíblemente versátil pues se adapta, sin condición alguna, a las distintas peculiaridades de a quienes designamos como amigas/os.

Así pues, resulta comprensible, en cierta medida, que la retórica de “la amistad” forme parte del discurso de nuestros dirigentes políticos. Pretenden con ello humanizar el poder: por un lado, se busca generar empatía ante un probable electorado y, por otro lado, ofrecer signos de coherencia y unión entre los distintos representantes del mismo partido político. Pero cuando las personalidades políticas ensalzan la amistad en concurridas plazas de toros, en grandilocuentes arengas mitineras mientras ondean las banderas o en medidas y pautadas puestas de escena radiofónicas o institucionales, que tanto da, lo cierto es que están manipulando el verdadero sentido de la amistad.

Todo uso abusivo cae en el exceso y permanece fidedignamente registrado en la hemeroteca y en la común memoria de la ciudadanía. Encontramos en algunos de los políticos loas a la amistad que son como un torrente y que, acercándose al arrebato amoroso, significan al amigo o amiga como “la mejor” y en las que como cualidad de carácter se suele destacar el tan trillado “amiga/o de nuestros amigos”; pero con el paso del tiempo, que todo lo mancilla, suelen devenir en “amistades peligrosas” que siempre obligan al que ensalzó tal amistad, y por este orden, a la negación, a la ignorancia y, por último, al distanciamiento definitivo. Otros políticos tienden a ensalzar aquel tipo de amistad que, pese a las diferencias, siempre está dispuesta a la ayuda y la mutua colaboración y como cualidades de carácter se suelen distribuir a partes iguales la inteligencia, la audacia, y la noble ambición; pero el frecuente roce, puesto que es una amistad obligada al intercambio permanente, suele producir el tipo de “amistades reñidas” que, pese a lo que afirma el dicho, pueden devenir a ultranza en las “no más queridas”. Por último, otros representantes políticos nos dan muestra de que la relación que guardan entre sí es de verdadera amistad, y no como la de otros que sólo simulan, descendiendo al detalle de los gustos gastronómicos, ya que sólo si se está muy cerca se puede saber que a alguien le entusiasme el pan con azúcar, por poner un ejemplo. Este tipo de amistad es tan candorosa que podríamos definir como “amistades tiernas”, pero a larga terminan por convertir a uno en “bollycao” y al otro en “tigreton”.

El problema de analizar lo que en política acontece acudiendo al significado de la amistad y sus posibles tipos es que tiende a enmascarar las relaciones y luchas de poder. Caemos en la trampa de la demagogia emocional si la corrupción se queda en un asunto de “amistades peligrosas”, si la ambición sin límite pasa por una cuestión de “amistades reñidas” o si los problemas de organización se explican por un tipo especial de “amistades tiernas”. Pero el auténtico drama no reside en que las “amistades peligrosas, reñidas o tiernas” se disuelvan como azucarillo en la arena política, sino que terminen por ser modelos de amistad para la ciudadanía en su conjunto y por ello tan efímeras como el poder político…

 

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